Ángel Matus Martínez
El deseo nos señala, a nosotros analistas otra cosa. ¿Cómo debemos operar, cuál es nuestra misión, cuál es, al fin de cuentas nuestro deber con esta otra cosa que él nos designa? Esto es, aquí la cuestión que yo planteo, hablando de la interpretación del deseo.
Jacques Lacan
La intención de este texto es leer el deseo en Freud con Lacan, se propone una lectura que aporte sobre la reflexión de este tema tan apasionante. Si se revisa a Lacan es necesario leer a Freud y si se lee a la letra al fundador del psicoanálisis, siempre se hallarán conceptos riquísimos y de difícil intelección que en ocasiones pueden pasarse por alto a manera de huellas inconscientes, como lo es el deseo. Lacan se aproxima a ello presentándonos a un Freud inédito ¿Cómo nos aproximaremos nosotros a él?
Es fundamental partir de un primer desarrollo sobre el deseo presente en el proyecto de psicología. En este punto inicial de la investigación freudiana se plantea al deseo como una primera vivencia de satisfacción que no satisface una necesidad puesto que tiene un carácter alucinatorio.
«(…) Por la vivencia de satisfacción se genera una facilitación entre dos imágenes recuerdo (…) Con el reafloramiento del estado de esfuerzo o de deseo, la investidura traspasa sobre los dos recuerdos y los anima. Tal vez sea la imagen-recuerdo del objeto la alcanzada primero por la reanimación del deseo. Yo no dudo de que esta animación del deseo ha de producir inicialmente el mismo efecto que la percepción, a saber, una alucinación». (Freud, 1985, p. 36)
Freud (1900) en la interpretación de los sueños ejemplifica esto en el chupeteo del niño quien reproduce la succión del pecho materno intentando reanimar la primera vivencia de satisfacción de alimento (p.557) tratando de reencontrar un objeto que no está. Lo que Freud muestra es una vivencia mítica de satisfacción que no responde al organismo, a lo instintivo, a la animalidad sino más bien a lo pulsional.
Lacan formula esto en la introducción de la célula elemental del grafo, elaborada en 1957. El cual, muestra la negativa entre la necesidad y el significante como también la imposibilidad de la aprehensión del objeto de deseo puesto que, al estar la necesidad bajo la respuesta del Otro la trastoca, entonces, retomando el ejemplo del chupeteo infantil, lo que el bebé reproduce no es la satisfacción instintiva sino la satisfacción pulsional, ya que en la nutrición no solo succionó la leche materna sino el significante, es decir, al reanimar la primera vivencia de satisfacción perdida chupa alucinatoriamente el significante que la madre o quien represente a este A le ofreció como alimento.

En la interpretación de los sueños, Freud (1900) plantea al deseo como motor del aparato psíquico, diciendo lo siguiente:
«A una corriente {Strömung} de esa índole producida dentro del aparato que arranca del displacer y apunta al placer, la llamamos deseo; hemos dicho que sólo un deseo, y ninguna otra cosa, es capaz de poner en movimiento al aparato, y que el decurso de la excitación dentro de este es regulado automáticamente por las percepciones de placer y displacer.» (p. 588)
Una puntualización es esencial, el deseo implica un movimiento, ¿De qué? ¿Qué se persigue si este objeto ni siquiera es de la realidad fáctica? Más bien tiene un carácter alucinatorio, es decir, su movimiento no es sino generado por una marca de su ausencia, que Freud llama huellas mnémicas inconscientes y Lacan significante.
Hasta antes de 1920, Freud pensaba que el principio del placer regía la vida anímica y el deseo lo señalaba hacia esta misma directriz. En “Más allá del principio del placer” reformula su hipótesis, al darse cuenta que la experiencia clínica muestra lo contrario, “en la vida anímica existe realmente una compulsión de repetición que se instaura más allá del principio de placer” (Freud, 1920, p. 22) Entonces a partir de este momento, ¿El deseo ya no apuntaría únicamente al placer como en algún momento lo designo en el proyecto y en la interpretación de los sueños en relación al proceso primario como vivencia de satisfacción poniéndolo en contraposición a la vivencia de dolor que según Freud traería un intento de huida?
Dice Freud (1900) respecto a la vivencia de dolor:
En este caso no quedará inclinación alguna reinvestir por vía alucinatoria o de otra manera la percepción de la fuente de dolor. Más bien subsistirá en el aparato primario la inclinación a abandonar de nuevo la imagen mnémica penosa tan pronto como se evoque de algún modo, y ello porque el desborde de su excitación hacia la percepción provocaría displacer (más precisamente: empezaría a provocarlo). (p. 589)
A estas vivencias de placer y dolor Freud las considera parte del proceso psíquico primario, distintos del proceso psíquico secundario, en el cual el Yo toma mayor peso y posibilita una morigeración del principio de placer por el principio de realidad, en Más allá del principio del placer, Freud (1920) menciona queel principio del placer:
Es propio de un modo de trabajo primario del aparato anímico y aún peligroso en alto grado para la autoconservación del organismo, este principio sigue siendo el modo de trabajo de las pulsiones sexuales difíciles de educar pero bajo la inhibición del yo es relevado por el principio de realidad (p.10)
En este mismo texto Freud introduce el principio de Nirvana que considera un súbdito de la pulsión de muerte, el cual pretende regresar todo organismo pluricelular a un estado inerte (no biológico sino psíquico). Si bien el principio del placer provoca un movimiento hacia la vida y el principio de nirvana hacia la muerte, en 1924, el problema económico del masoquismo, se describe que este principio podría experimentar en el ser vivo una modificación por el cual devendría principio de placer, es decir, la pulsión de vida, la libido, supo ocuparse un lugar junto a la pulsión de muerte en la regulación de los procesos vitales y es precisamente esto lo que señala Freud. Si bien son dos pulsiones coexiste una a la otra en una mezcla y desmezcla pulsional ¿Cómo pensar al deseo a partir de más allá del principio del placer en relación a lo que Freud propuso como pulsión de muerte?
La primera aproximación es lo que Freud (1913) establece en tótem y tabú en relación a la tentación de matar a otro (impulso asesino) y la prohibición, afirmando que “tras cada prohibición, por fuerza hay un anhelo” (p.75), anhelo y deseo se toma como sinónimo puesto que el vocablo alemán que Freud utiliza es wunsch traducido al español como voto o anhelo, este deseo inconsciente no es superfluo en el psiquismo, sino explican los motivos de la prohibición moral y el tabú en las tribus australianas. (Vargas, 2017, p. 221) Lacan (1962) menciona que “la relación de la ley con el deseo es tan estrecha que sólo la función de la ley traza el camino del deseo” (p.119)
La segunda vinculación es en relación a los sueños traumáticos como compulsión de repetición que el mismo Freud (1920) considera una excepción a su tesis del sueño como cumplimiento de deseo (p. 31), lo cual es importante agregar no la invalida sino adquiere un carácter dialéctico, aufebung, como algo que se suprime y se conserva, una excepción a la regla no es su invalidación, al menos para el psicoanálisis que se fundamenta en una lógica donde lo inconsciente reprimido no es lo eliminado sino lo suprimido que se conserva y tiene efectos atemporales.
A partir de lo anterior, se concluye que un deseo no solo cumple un anhelo inconsciente que apunte a la satisfacción alucinatoria del principio del placer como lo trabaja en la interpretación de los sueños sino también sería un deseo de compulsión a la repetición que satisfaga al principio de nirvana vinculado al principio del placer como un deseo de no deseo, radicalmente un deseo de muerte, es decir, deseo y dolor, eros y muerte son ambas la fuente del deseo.
Implicaciones clínicas del deseo
La clínica psicoanalítica no es la misma después de la enseñanza de Lacan. La intervención del analista ha tenido nuevas implicaciones, la interpretación, por ejemplo, se ve trastocada en esta formalización. Freud (1967) menciona lo siguiente: “la interpretación se refiere a lo que uno emprende con un elemento material: una ocurrencia, una operación fallida, etc.” (p.262) Con Lacan (1958) agregaríamos que lo que ahí se vislumbra es el deseo que, si bien el fundador del psicoanálisis ya había mostrado, es el psicoanalista francés quien regresa a este concepto freudiano contrastándolo con la lectura que hace Kojève de Hegel, quien propone al deseo como un deseo de deseo, Begierde, Lacan (1954) a partir de estas dos lecturas propone en primer momento al deseo como falta de ser (p. 334), para darle su lugar en la praxis y señala lo siguiente:
Pueden apreciar que la acción eficaz del análisis consiste en que el sujeto llegue a reconocer y a nombrar su deseo. Pero no se trata de reconocer algo que estaría allí, totalmente dado, listo para ser coaptado. Al nombrarlo, el sujeto crea, hace surgir, una nueva presencia en el mundo. Introduce la presencia como tal, y, al mismo tiempo, cava la ausencia como tal. Únicamente en este nivel es concebible la acción de la interpretación. (Lacan, 1954, p. 342)
Este deseo sostenido en una falta, no puede aprehenderse, solo se sabe de él por sus restos metonímicos, no se puede más que aproximarse por sus resonancias en la palabra, el analista presta la escucha con atención flotante, no del enunciado sino de la enunciación, del sujeto del inconsciente, del sujeto acéfalo descentrado del yo.
En música, la resonancia puede explicarse a partir del sonido. En el sistema musical de occidente se representan de esta manera los diversos armónicos que se producen a partir de una nota fundamental. En la partitura se observan las notas que se ven afectadas a partir de una nota C (do), es decir el sonido de esta nota no está compuesta de una sola sino de todas aquellas a las cuales es capaz de hacer sonar.

Un ejemplo muy sencillo para apreciar la resonancia es tocar en la guitarra acústica la nota E en la primera cuerda al aire y apagarla inmediatamente, este por resonancia afectará una cuerda diferente haciéndola vibrar, aunque no se pulse directamente, Narciso Yepes, aplicó este principio al decidir tocar con un guitarra de diez cuerdas para que cada nota genere una resonancia en otra, lo cual no sucede en una guitarra de seis cuerdas sino con limitadas excepciones[1] . En esta analogía con la resonancia, “el deseo es siempre deseo de otra cosa” (Bello, 2018, p.31), no hay un objeto del deseo como estímulo y respuesta, tal cual lo formula Lacan en la introducción de la célula elemental del grafo.
El lugar que ocupa la interpretación en la clínica psicoanalítica se diferencia al de las psicoterapias, que, si bien tienen toda una epistemología que fundamentan su saber, desde mi punto de vista no se da lugar al sujeto escindido y al deseo como falta sino a generar significados:
“Según mi experiencia, la forma más común de interpretación en la psicoterapia y el psicoanálisis contemporáneo puede caracterizarse de la siguiente manera: el terapeuta le comunica al paciente, en términos precisos, cuál cree que es la significación de su pensamiento, su sueño, su fantasía o su síntoma. Ciertos terapeutas esperan a que el paciente esté muy cerca de llegar a la misma interpretación, con lo que se aseguran de que el paciente comprenda la interpretación en forma más o menos inmediata. Como sea, el terapeuta (en tanto que oyente u Otro) generalmente proporciona un significado muy específico, al comunicarle al paciente que ese es el significado verdadero”. (Fink, 1956, p.68)
Por esta razón Lacan propuso el retorno a Freud, introduciendo en un primer momento su inédito, el sujeto del inconsciente, el cual debe diferenciarse del individuo. En su lectura de Freud plantea que en el texto más allá del principio del placer de 1920, se introduce esta diferencia.
Freud nos dice: el sujeto no es su inteligencia, no está sobre el mismo eje, es excéntrico. El sujeto como tal, funcionando en tanto que sujeto, es otra cosa y no un organismo que se adapta. Es otra cosa, y para quien sabe oírla toda su conducta habla desde otra parte, no desde ese eje que podemos captar cuando lo consideramos como función en un individuo, es decir, con un cierto número de intereses concebidos sobre la areté individual. (Lacan, 1950, p. 19)
Entiéndase por areté como el individuo virtuoso, el yo virtuoso, aquel que en su individualidad cree saber quién es pretendiendo obturar la falta, lo que el psicoanálisis ha mostrado es que esta cualidad del yo es simplemente ilusoria. El sujeto y su deseo por su parte tienen el efecto de un corte que se presentan en el desvanecimiento, en el intervalo.
Es interesante que en música el acomodo diverso de los intervalos produce diferentes sensaciones modales, si se tocan las siete notas musicales C, D, E ,F, G, A, B y C, iniciando y terminando por la segunda, tercera o cuarta nota, etc., la sensación musical no será la misma a pesar de ser siempre las mismas siete notas musicales, esto debido a los intervalos que habría entre cada una de ellas, los cuales pueden ser distancias de tonos enteros (T) o ½ tonos/semitonos (S) generado por el cambio de posición, pensándolo desde el psicoanálisis el corte generado cambia la musicalidad del sujeto.
En la siguiente tabla se muestran las posibilidades de acomodo de las siete notas musicales, las distancias y nombres que reciben al cambiarse de posición, aparentemente son las mismas pero los intervalos modifican la sensación musical.[2]
| ESCALAS | INTERVALOS | MODOS |
| C–D–E–F–G–A–B–C | T–T–S–T–T–T–S | Jónico |
| D–E–F–G–A–B–C–D | T–S–T–T–T–S–T | Dórico |
| E–F–G–A–B–C–D–E | S–T–T–T–S–T–T | Frigio |
| F–G–A–B–C–D–E–F | T–T–T–S–T–T–S | Lidio |
| G–A–B–C–D–E–F–G | T–T–S–T–T–S–T | Mixolidio |
| A–B–C–D–E–F–G–A | T–S–T–T–S–T–T | Eólico |
| B–C–D–E–F–G–A–B | S–T–T–S–T–T–T | Locrio |
La tarea a la que se enfrenta el psicoanalista, no es fácil, puesto que no hay definiciones determinadas aplicables al sujeto, al estilo de un diccionario. No hay recetas de tratamiento terapéutico de la usencia, de la falta, del vacío, ahí la radicalidad del psicoanálisis, que apuesta no a la individualidad sino a la singularidad. Esto no excluye que haya leyes rigurosas y estrictas en su fundamento epistemológico, las cuales dan soporte a su praxis clínica, entre ellas para Freud fue el sueño y en Lacan el deseo.
El deseo es lo propio del ser, él se juega en la palabra, pero también en el silencio que lo acompaña, que lo vincula al deseo de otra cosa, no solo apuntando a la vida, quizá también a la muerte o la destrucción, ¿Quiere un individuo su muerte? Indudablemente no, ¿Pero el sujeto del inconsciente? ¿Qué quiere?, o mejor dicho, Che vuoi? ¿Qué quiere el Otro de mí? Que también puede leerse ¿Qué desea ese lenguaje de mí?, pregunta enigmática que no tiene una respuesta más que fantasmática, esta pregunta por el deseo que Lacan retoma de Cazotte, se soporta en una formula lacaniana $˂˃a. En la novela del diablo enamorado (1914) esta terrorífica pregunta para el protagonista aparece en tres momentos, dos formuladas por Belcebú-Biondetta y una por Alvaro, la primera aparición narra lo siguiente.
«Una cabeza de camello, horrible tanto por su tamaño como por su forma, aparece en la ventana; tenía, sobre todo, unas orejas desmesuradas. El odioso fantasma abre la boca y, con un tono acorde con el resto de la aparición, me responde: «Che vuoi?» Todas las bóvedas, todas las cavernas de los alrededores resonaron a porfía con el terrible Che vuoi? (…)—Amo —me dice el fantasma—, ¿bajo qué forma debo presentarme para resultaros agradable?» (p. 11)
Desde el psicoanálisis, el deseo esta soportado por la fórmula del fantasma ($˂˃a), es decir, el deseo no tiene una respuesta definida, no es sino una fantasía, una ficción, algo que se presenta de manera encantadora y que permitirá imaginariamente darle una significación al sujeto, pero finalmente no es, más que un semblante. Esto puede esquematizarse de la siguiente forma.

Freud por su parte señala que durante el proceso primario en el inconsciente no existe la noción de realidad, es decir no se quiere lo mismo que en la vida de vigilia, y nos lo mostró en el sueño, respecto al deseo, primero, lo presenta como alucinatorio, es decir no tiene un objeto, no se satisface en el campo de la necesidad, después como inconsciente, de él no se sabe y radicalmente no se quiere saber. El analista también pregunta al sujeto Che vuoi?, pero desde otro lugar, desde la falta de ser, tratando de desplegar “lo que quiere el sujeto de lo que quiere el Otro de él” (Fink, 2004, p. 147) ¿No es acaso el psicoanálisis mismo, una pregunta?
Esta pregunta permite pensar la evanescencia del deseo más allá de la demanda al Otro, demanda de significación, y por otro lado exigencia de reconocimiento. El deseo queda suspendido en el intervalo de dos cadenas engarzadas, el enunciado (primer piso) y la enunciación (segundo piso), se vislumbra como horizonte, incierto, indefinido, con una posibilidad enigmática e imposible. Lacan (1958) menciona:
Entre, por un lado, los avatares de su demanda y aquello en lo que tales avatares la han convertido y, por otra parte, esa exigencia de reconocimiento por parte del Otro que en este caso podemos llamar exigencia de amor, se sitúa para el sujeto un horizonte de ser, y la cuestión de saber si el sujeto puede, sí o no, alcanzarlo. En ese intervalo, esa brecha, se sitúa la experiencia del deseo. Tal experiencia es al principio aprehendida como la del deseo del Otro, y en el interior de la misma el sujeto ha de situar su propio deseo. Éste no puede situarse fuera de ese espacio. (p. 26)
Referencias
Bello, A. (2018) Resonancias del Deseo. Ed. Samsara.
Cazotte, J. (1845) El diablo enamorado. Ed. La Biblioteca de Babel.
Eildesztein, A. El grafo del deseo. Ed. Manantial.
Faccendi, J. (2016) Una clínica del grafo del deseo. Ed. Letra viva.
Fink, B. (1956) Introducción clínica al psicoanálisis lacaniano teoría y técnica. Ed. Gedisa.
Fink, B. (2004) Lacan a la letra. Ed. Gedisa.
Freud, S. (1895). Proyecto de psicología. Ed. Amorrortu.
Freud, S. (1900). La interpretación de los sueños. Ed. Amorrortu.
Freud, S. (1915). Pulsiones y destinos de pulsión. Ed. Amorrortu.
Freud, S. (1920). Más allá del principio del placer. Ed. Amorrortu.
Freud, S. (1923). El yo y el ello. Ed. Amorrortu.
Freud, S. (1924). El problema económico del masoquismo. Ed. Amorrortu.
Freud, S. (1937). Construcciones en el análisis. Ed. Amorrortu.
Freud, S. (1939). Esquema del psicoanálisis. Ed. Amorrortu.
Lacan, J. (1954). El Yo en la Teoría de Freud y en la Técnica Psicoanalítica Ed. Paidós.
Lacan, J. (1957). Las Formaciones del Inconsciente. Ed. Paidós.
Lacan, J. (1958). El deseo y su interpretación. Versión Crítica. Escuela Freudiana de Buenos Aires.
Lacan, J. (1962). La angustia. Ed. Paidós.
Lacan, J. (1966). Escritos 2. Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano. Ed. Siglo XXI.
Laplanche J y Pontalis J (1967). Diccionario de psicoanálisis. Ed. Paidós.
Gerber, D. (2016) Deseo, historia y cultura. Ed. Navarra
Martinelli, M. (2017) Clínica y deseo: relectura de cuatro casos clínicos. Ed. Abismos.
Morales, H. (1993) Sujeto del inconsciente. Ed. Samsara.
Pacheco, H. (2016) El concepto de objeto en psicoanálisis: deseo, pulsión y amor. Teoría sobre la constitución del sujeto y el objeto. Ed. Taberna libraria
Safouan, M. (2001) Lacaniana I los seminarios de Jacques Lacan 1953-1963. Ed. Paidós.
Vargas, C. (2016) Ética del deseo/Ética del acto. Ed. Samsara.

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